Nací en una familia muy grande. Éramos mi abuelita, quien era la madre de mi madre, papá y diez hermanos, ¡ah! y Chona; así es como secretamente les llamaba a las muchachas quienes servían a mi familia y que vivían con nosotros.
Una de ellas tomó tanta confianza qué se subía a la azotea de la casa, para desde ahí aventarles los huesos de los perros, a los novios y pretendientes de mis hermanas mayores.
¡Perdón! En la lista no he incluido la serie de animalitos que habitaron también en casa, como fueran los canarios que teníamos dentro de una jaula que cubría mi abuela por las noches, o durante épocas de lluvia, y a quienes solía alimentar con alpiste y agua, así como asear su jaula.
Te cuento que cuando alguno de ellos llegó a dar síntomas de estar enfermo por tener su apariencia desmejorada, enflaquecida o con poco movimiento, ella se encargaba prácticamente de reanimarlos tomándolos con un paño limpio entre sus manos para abrirles sus piquitos, para colocarles un poquito de masa remojada en agua, además de hidratarlos utilizando para ello un gotero con agua.
También tuvimos a un gato negro al cual mi hermana comenzó a llamarle Munich, nombre que se le quedó. Era un gatito al cual solía bañar mi hermana. Hecho curioso para algunas personas, quienes opinan que dicho animal doméstico, utiliza él mismo el recurso de asearse mediante lamidas en cada parte de su cuerpo, en forma minuciosa. Tenía su pelaje de un negro intenso.
Mi hermana lo metía bajo el grifo de agua fría, mientras que el gatuno dócilmente se sometía mostrando tan sólo un temblor en todo su cuerpo sin resistirse, que mostraba su apariencia dócil ante la señal de frío que le producía el baño.
Poco tiempo después, cuando me interesé en saber el ¿por qué todos los felinos muestran en ocasiones una línea divisoria en el iris de sus ojos? Pregunta por cierto a la cual, ni siquiera algunos veterinarios supieron responder, alguien me comentó acerca de lo que sabía de dicho animal de ésta manera: ¡Mira! De entrada debes saber que nadie es dueño de su gato. ¡Y era cierto! con excepción de los que tienen pedigrí, pues observándolos caí en la cuenta de que saltan y pasan comúnmente de una casa a otra, alejándose de sus propios dueños y nadie sabe a dónde se van. Pero ¿qué crees? Lo curioso es qué ¡siempre regresan!
En alguna ocasión tuvimos a un loro, el cual solía repetir solamente ciertas palabras o frases que les enseñaban de manera maleada mis hermanos mayores, las cuales arrancaban fuertes risotadas de los parientes o amigos que ocasionalmente nos visitaban en casa.
Así pasaron a ser nuestros algunos ejemplares de peces, tortugas, un conejo e incluso muchas palomas, las cuales de pronto obtuvo uno de mis hermanos y las alojó en la parte alta de la casa. A mí me tocó que me mandaran a colocarles alimento, asear el palomar y también a cambiar su balde por agua limpia para que diario bebieran.
Sucedió que un día, al llegar todos a casa para comer, tras de haber regresado de clases, mamá había preparado los pichones en caldillo de salsa chipotle. Al reconocerlas, prácticamente ¡ninguno de nosotros pudimos ingerirlas como mamá pretendía! ¡Fue realmente una muy desagradable impresión ver a las palomas en calidad de guisado!
Te comento qué el animalito que comúnmente no podía faltar en casa, era por supuesto un perrito. Así que algunos de distintas razas, colores y tamaños pasaron a convertirse uno por uno, en nuestras queridas mascotas.
Uno de ellos era un perrito blanco de raza “coton de tutear”, pequeño y peludo de tal modo que no era fácil notarle sus ojos marrón escondidos entre tanto pelaje. Era un animalito el cual amaba salir a buscar basura de entre los escusados o sacados del basurero, para llevarlo en su hocico a casa y depositarlos siempre justo en la alfombra azul semi-nueva de nuestra sala.
Mi madre lo castigaba por ello golpeándolo con un periódico doblado en barias partes, con el fin de intentar educarlo y quitarle tan mala maña, la cual dicho sea de paso, nunca perdió.
Otro canino al cual tengo entre mis recuerdos fue un perro ¡muy grande! cuya raza no conozco aún su nombre, pero que me recordaba al perro que aparecía dibujado como mascota, en un cuento que entonces tenía mucha venta en el puesto de periódicos y que se intitulaba “Archie y sus amigos”.
Era tan grande, robusto y peludo, como la mascota del personaje del comic, el cual le llegaba más arriba de la cintura a su dueño Archie, lo mismo que sucedía en casa, solamente con la diferencia de que el de mamá ,era dos terceras partes gris y la otra tercera parte intermedia, de color blanco.
Mi madre solía salir a caminar y llevarle consigo a pasear por las calles aledañas a casa. Curiosamente mi madre y su mascota poseían un gran trasero que se movían armoniosamente al mismo tiempo, lo cual me parecía muy peculiar y divertido. Así pasó un tiempo hasta que un vecino de las calles traseras cercanas a nuestro hogar, se acomidió a llevarlo a pasear junto con el suyo, todos los días.
Él era un muchacho muy joven, delgado y desparpajado quien poseía otro ejemplar de la misma raza canina. De tal modo qué periódicamente tocaba el timbre a la misma hora del medio día, llevándose a nuestro perro para devolverlo a casa un poco más tarde. Sin embargo en una ocasión, ya NO lo regresó.
Mi abuela era una mujer fuerte, quien había vivido en la época del “Movimiento Cristero” en México. Era muy religiosa, hecho que la hizo huir de muy joven a vivir en la zona sur, de los Estados Unidos, invitada por uno de sus hermanos quien radicaba al otro lado de la frontera
La Guerra Cristera, también llamada Guerra de los Cristeros o Cristiada, fue una guerra civil en México que se prolongó durante 3 años, desde 1926 hasta 1929, entre el Gobierno y milicias de religiosos ( en página Web).
Mi abuela contaba que en aquel entonces, bajo el mandato de lo que se diera a conocer como “La Ley Calles”(aludiendo al entonces presidente de la República, el General Plutarco Elías Calles Chacón nacido en Guaymas en 1877, muerto en 1945)
Durante su mandato en el gobierno (el cual duró de 1924 a 1928) se habían cerrado las iglesias, persiguiéndose a los sacerdotes y monjas, además de encarcelar o matar a aquellos que se negaran a escupir o pisotear la cruz o cualquier reliquia religiosa.
Así fue que mi abuela comenzó su labor de enfermera en un hospital estadounidense, en donde por cierto, conoció a quien sería tiempo después mi abuelo, Mister Alfred Adams. Él, tras salir del hospital, a ella la esposaría.
Según se supo, mi abuelo era un hombre hacendado de edad madura, quien tenía varios hijos de edad aproximada a la de mi abuela. Ellos pensaban que mi abuela había contraído nupcias con su padre, en aras de poseer su dinero, comenzaron a hacerle la vida imposible.
Fue la razón por la cual decidió regresar a su tierra. Se supo qué en una ocasión cuando Mister Alfred Adams vino a la Ciudad de México en busca de mi abuela para hacerla regresar con él a su país, ella se escondió junto con mi madre, quien apenas tenía cuatro años de edad, para que no las pudiera ver. Mamá será la única descendiente de Mariana Narváez, mi abuela.
Se dijo que en una ocasión un Señor que iba frecuentemente a comprar a la tienda que mi abuela y su hermana tenían, le hizo saber a sus intenciones de contraer matrimonio con ella.
Su hermana a quien por cierto era conocida como “La prieta” la golpeó y le impidió que fuera feliz con ese hombre, argumentando de que solamente quería apoderarse del negocio.
Pasó el tiempo y mi madre conoció a papá. Decidieron casarse y llevaron a vivir a mi abuela, con ellos. Recuerdo que alguna vez papá comentó qué a él le había tocado una magnífica suegra.
¡De ello no hay duda! Siempre mostró ser una mujer discreta, callada, hacendosa y muy religiosa. Su defecto en mi opinión, es que era absolutamente Pro-machista, como la gran mayoría de su época ¿qué se le hacía?
Alegre, gustaba de festejar todo momento conmemorativo, guisando y preparado todo lo oportuno para cada ocasión; mismo para celebrar los cumpleaños de todos nosotros, para los cuales se disponía a hornear ricos pasteles, comenzaba con cernir la harina a la cual le agregaba un poco de polvo de levadura, preparándola con abundante mantequilla, leche y huevos; ingredientes que mezclaba y batía tras de enharinar los moldes en forma a veces de rosca, que comúnmente cubrir con mermelada de fresas y coco. Ya sacados del horno se disponía a colocar l del cumpleañero.
Además preparar dulces en los que incluía molinos holandeses que solía adornar con cornetes de barquillo, a los cuales les colocaba dos galletas de chocolate, fresa o vainilla, cruzado éstas en forma de aspas y colocándolas en la parte superior.
Otro dulce eran los payasitos que elaboraba con malvaviscos, a los que les ponía ojitos y bocas de gomita de sabores y colores distintos.
Su fuerte en la cocina siempre fue preparar platillos tradicionales mexicanos a los cuales les proporcionaba su especial sazón. En épocas de Día de muertos preparaba ponche de frutas, con un poco de piquete para los adultos, si así lo pedían.
En la época de las posadas construía sus piñatas con rostros de negritas, hechas con ollas de barro las cuales engrasaba, colocándoles papeles coloridos en forma de mascada y un gran moño encima que añadía junto con las grandes arracadas, ojos, nariz y boca construidos con cartoncillos de diversos colores.
Otra piñata aparte de la tradicional estrella cubierta con grandes picos que agregaba junto con papeles brillantes, eran las que me parecían enormes zanahorias, éstas cubriendo la olla con papel periódico para hacerla más resistente, para posteriormente doblando un papel delgado tipo chino en color naranja lo pegaba a la olla, para añadir uno verde que simulara el tallo, cortando una de sus partes, para dar apariencia de lo corrugado de la hortaliza.
Por supuesto que las velitas, luces de bengala y colación, no podía faltar acomodada en pequeñas canastillas de colores que se repartían a todos para cantar con un letanía escrita a maquina y tras ello rezar un “Padre Nuestro” y un “Ave María. Nunca faltaba un niño malora que intentaba quemar las puntas del cabello de nosotras las niñas, quienes afortunadamente lo usábamos muy largo y el olor hacía que nos diéramos cuenta de ello muy pronto.
Mi abuela era alegre y solía tocar la mandolina y el acordeón, además del piano, siendo éste último el que le enseñó a tocar su hija, mi querida madre a quien llamábamos Gordis por tener un cuerpo muy rellenito, el cual empero nunca perdió su forma de guitarra.
Mis madre me parecían de muy pequeña la mujer más bella y bondadosa y mi padre el hombre más elegante y guapo de éste planeta. Mamá amaba a papá. Creo que además siempre lo admiró en demasía.
Decía en situaciones totalmente adversas ¡No hay de que preocuparse! ¡Tu padre lo va a resolver ¡ya lo verán! Y así parecía ser, hecho que nos hacía sentirnos una familia siempre cobijado, segura y en paz.
Cuando nos lleva a pasear en su auto con toldo convertible, en donde todos nos subimos de manera muy apretada. Yo soy la séptima de los hermanos y, por ser una de los pequeños me subía colocándome en medio de todos, de manera apretujada. Yo emitía una voz muy bajita producto de mi entonces timidez, la cual por cierto, no existe más; sin embargo escuchaban decir ¡Apachurran! ¡Me apachurran!
Éramos pequeños. Solíamos desayunar, comer y cenar juntos. Mi padre generalmente llegaba temprano a casa. ¡Era tan alto! Así es como lo visualizaba y como quedaría grabado en mi mente como uno de mis recuerdos más lejanos.
Cuando él entraba por las noches a casa, todos mis hermanos y yo corríamos de inmediato a abrazarlo. Sobre sus hombros, uno de mis hermanos se montaba, tras lo cual papá coloca en cada uno de sus dos brazos a un diferente hermano.
Yo lo miraba enorme, tanto así era que me subía en uno de sus enormes zapatos siempre muy bien lustrados, en tanto que en el otro se acomodaba rápidamente mi hermanito el menor de todos.
Papá suele jugar con todos nosotros cada domingo en el parque. Él finge ser el lobo feroz quien nos persigue para intentar devorarnos. Después nos lleva al puesto de periódicos para que seleccionemos cada uno un cómics de preferencia y nos lleva a la tienda a compra dulces.
Pasó el tiempo. Recuerdo que en una ocasión, sabiéndome mucho menos agraciada que varias de las niñas bonitas de la escuela, la maestra de mi grupo de 4º año, sin embargo nos preguntó a todas el ¿quien quería y podía ser la entrante Reina de la Primavera.
La niña más bonita no tenía muchos recursos económicos, además de vivir con una madre, la cual me parecía totalmente disfuncional por el mal trato que le daba y que le permitía que la maestra abusara de su frustración, para golpearla bajo cualquier pretexto, deschongándole su hermosa y abundante cabellera color miel .
Así fue como entonces hice saber en casa el deseo que tenía sin embargo de convertirme en la futura susodicha Reina. Papá accedió de inmediato a cubrir los gastos que implicaba esto. Dinero que por cierto se dijo que se recaudarían para beneficio de la escuela.
Llegado el día de la elección, tras entregar el dinero cada alumna por la venta de boletos a la cual desde una semana antes, forzaron a todas a vender, se reunieron las profesoras del plantel en la dirección y con ello comenzó lo que sería el cierre del aparente concurso.
Voceándose a cada momento los resultados de ventas incrementadas. Razón por lo cual las profesoras ante el afán de ganar, comenzaron a mandar a empeñar algunas de sus pertenencias.
Yo totalmente nerviosa y ansiosa por ganar, le decía a mi padre que comprara más boletos, a lo que él con gran tranquilidad contestaba, ¡tú tranquila! Por fin se dieron a conocer los resultados en los cuales, finalmente salí como ganadora. Se inició la Primavera, y con ella, yo me convertí en la Soberana del evento vestida de largo con un traje blanco, mi capa, mi corona y mi cetro.
Pasó un año y cuando volvieron a pedir la participación de las alumnas como posibles candidatas para la Reina de la Primavera, cuando las profesoras supieron que nuevamente me quería postular con el mismo fin, se suspendió definitivamente el evento y con éste muy pronto MI NIÑEZ.

